Destino, ancestros y otras conversaciones pendientes.
La edad de sospechar
“Hay una edad —no sé si biológica o espiritual— en la que uno empieza a sospechar que la vida no es exactamente lo que nos contaron. No porque sea peor, sino porque es más compleja, más absurda, más hermosa y brutal de lo que cualquier narrativa infantil podría contener.”
Es la edad en la que aparece la pregunta inevitable: ¿para qué estoy aquí? No la pregunta trivial de la frustración laboral ni de la crisis romántica pasajera, sino la incómoda, la silenciosa, la que se cuela cuando todo se calma y quedamos a solas con nuestra conciencia. ¿Cuál es mi propósito? ¿Qué sentido tiene atravesar este plano lleno de pérdidas, encuentros y aprendizajes que siempre parecen llegar tarde?
Durante mucho tiempo pensé que la vida era algo que me ocurría, un fenómeno externo gobernado por el azar, las circunstancias y las decisiones de otros. Hoy entiendo que es más bien un diálogo constante: entre destino y voluntad, entre lo heredado y lo elegido, entre lo visible y lo invisible.
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