En la escena actoral de Miami, donde las luces del entretenimiento a menudo se confunden con los destellos del espejismo, surgen voces jóvenes que redefinen lo que significa interpretar desde la autenticidad. Una de ellas es Nabilah Fernández, actriz cubanoamericana cuya historia encarna el viaje interior del artista que busca entenderse a sí mismo a través de los personajes que habita. Su proceso es tanto migratorio como emocional: una travesía entre geografías, lenguajes y planos de conciencia.
Nabilah pertenece a esa nueva generación que ve la actuación no como un simple oficio de representación, sino como un canal de transformación y crecimiento espiritual. Su mirada va más allá del texto y del escenario; se adentra en el territorio invisible del trabajo interno, donde el actor se convierte en médium y espejo de lo humano. En esta conversación para Virtuoso Talks, exploramos su recorrido, sus desafíos, y su visión de una ciudad que, a pesar de los prejuicios, puede ser también un espacio de renacimiento artístico.

Tu historia comienza con una primera migración desde Cuba a Puerto Rico. ¿Cómo recuerdas ese proceso de adaptación y qué papel jugó en tu vida —y en particular en tu visión sobre el arte— ese descubrimiento de tu identidad dentro de un nuevo contexto cultural?
Me fui de Santiago de Cuba a Puerto Rico a los 14 años. Al principio lo tomé como una aventura más de las muchas que pensaba tener en mi vida. Me iba para reunirme con mi papá, que se había ido de Cuba en 1994. Viajé con mi abuela, y la adaptación fue rápida y bastante fácil. Claro que al principio me atacaba la nostalgia: extrañaba a mis amigos, a mi mamá, a mi hermana pequeña, mi escuela, las cosas que conocía. Sentía que la vida en Cuba seguía y que yo ya no formaba parte de ella, pero pronto hice amistades nuevas; de hecho, mis dos mejores amigas de la high school siguen siendo hoy mis mejores amigas.
En Puerto Rico encontré un segundo hogar, pero, lamentablemente —y eso ya creo que es algo mío—; nunca me sentí completamente parte del lugar donde estaba. No sé por qué, pero siempre he tenido esa sensación de no pertenecer del todo. Hoy, sin embargo, que ya no estoy allá, lo extraño y siento que me falta algo. Fue en Puerto Rico donde tuve mi primer encuentro con el teatro: la escuela nos llevaba de vez en cuando a ver obras, y ahí fue cuando tuve mis primeras sensaciones, una idea de lo que significaba estar frente a un escenario.
¿En qué momento comprendiste que la actuación iba más allá de la técnica, que implicaba un trabajo interno, casi espiritual, donde el actor se convierte en espejo de su propia conciencia?
Creo que la técnica y el trabajo interno van de la mano. Alguien que no tiene las herramientas para buscar dentro de sí difícilmente puede ofrecer una actuación profunda o completa. Puede ser intensa, sí, pero la profundidad viene de conocerte y tener control sobre tus emociones.
Puedes ser empírico, instintivo, dejarte llevar por los sentimientos, pero hay que tener conocimiento absoluto de quién eres, cómo sientes y dónde lo sientes. Hay que tener empatía hacia el otro para entender por qué un personaje actúa o habla de una manera que tú quizá no compartirías. Eso es lo fascinante del oficio. La técnica te da precisión: te permite ser más selectivo a la hora de mostrar un sentimiento.
Y ojo, no hace falta emborracharse tres meses para interpretar a un alcohólico. Para mí, el “sí mágico” de Stanislavski es sagrado. La técnica incluye observación, investigación, estudio y exploración interna. Y no, no diría que es casi espiritual… es totalmente espiritual. Cuando uno actúa, despierta energías, arquetipos, incluso me atrevería a decir que entidades. No es casualidad: el teatro era un arte ritualístico, religioso. Con la música y la danza narraban las hazañas de dioses y reyes, las leyendas que dieron forma a las civilizaciones. Es casi un culto… y me encanta ser parte de eso.
Has mencionado en otras ocasiones la importancia del “trabajo interno” como base para una proyección auténtica. ¿Cómo se traduce eso en tu proceso creativo cuando construyes un personaje?
Conscientemente, te diría que lo primero que hago es aprender bien el texto e intentar comprenderlo intelectualmente. Quiero entender todo lo que pasa y conocer al máximo las motivaciones del personaje. Pero luego… ya no tengo idea de lo que ocurre. Te lo juro. Llega un punto en que todo fluye. Me encomiendo a los espíritus del teatro, dejo que las cosas salgan, y después ni recuerdo lo que dije. Solo sé que el personaje va apareciendo poco a poco.
Al principio converso las líneas con los otros actores, las pruebo, hasta que parezca que las estoy inventando o que se me ocurren en el momento. (¡Y espero que así se vea!).
Qué vergüenza si alguien lee esto y piensa: “¡Mentira, si es súper falsa!” (risas).
¿Qué herramientas o prácticas personales te ayudan a mantener el equilibrio entre la introspección emocional y la entrega total que exige el escenario o la cámara?
El “sí mágico”. Recordar que todo esto es una ilusión momentánea, un trance. Es mentira, es un juego —como los niños cuando juegan a ser animales, doctores o seres mágicos. Yo también estoy jugando, contando una historia. No hay razón para perderte en el medio.
Hay que serle fiel al personaje, sí, pero cuando dicen “corte” o baja el telón, sacúdete eso. No sean dramáticos. “Pero Daniel Day-Lewis…” —Daniel Day-Lewis, Klaus Kinski… esos son fuerzas de la naturaleza. No todos somos así. Yo, al menos, tengo clara una cosa: esto es mentira, aunque por un momento sea verdad.
Luego llega una segunda migración: Miami. ¿Qué significó para ti este nuevo punto de partida y cómo influyó en tu desarrollo profesional?
Trato de no pensar mucho en esa “migración” porque al principio me reproché haber venido. Miami nunca estuvo en mis planes, jamás. Vine porque conocí a mi pareja de ese momento, justo cuando tenía que decidir qué hacer con mi carrera. Estaba a punto de graduarme y debía escoger universidades o escuelas para la maestría, pero me invadió el miedo: al fracaso, al idioma, al dinero. No sentí apoyo de mis maestros y lo interpreté como una señal de que no era lo suficientemente buena. Así que decidí olvidarme de la maestría y seguir ese nuevo romance.
Por años pensé que Miami era un castigo por haber abandonado mi camino, pero aquí comencé a colarme en todas las esquinas teatrales, a conocer gente, compañías, artistas… y vendedores de pócimas ambulantes (como digo yo). Pero cuando estás alineado con tu propósito, la gente correcta aparece. En estos diez años he comprobado que eso de que Miami es “el cementerio de los artistas” no tiene nada que ver con los artistas.
Esta ciudad está llena de gente talentosa y trabajadora. El problema no son ellos, sino la burocracia, la economía y los intereses de la ciudad. Miami es joven y se ha vuelto destino de fiestas, reguetón, yates, nuevos millonarios y Art Basel. Pero también hay gente como Alexa Kuve, Jacqueline Briceño, el difunto Mario Ernesto, Erom Jimmy, Alberto Sarrain, Eduardo Pardo, Mijail Mulkay, Melissa Mesulam, Adriana Barraza, José Manuel Domínguez y muchos otros que mantienen vivo el teatro como arte puro.
No fue fácil empezar desde cero. Llegué sin conocer a nadie, en medio de clanes, burocracia, y la eterna lucha entre lo comercial y lo independiente. Pero cuando conocí a Arca Images, por fin sentí que estaba donde quería estar: haciendo el teatro que amo, con la gente que respeto.
Otro obstáculo grande es la idea de que de esto no se vive. Me crucé con personas que ven el arte como algo bohemio y pasajero. No es que sean malas, pero transmiten esa energía de “esto es solo un hobby”. Y eso puede desviarte. Hay que trabajar para sobrevivir, claro, pero no permitir que esa necesidad se vuelva excusa para renunciar a tu propósito.
A partir de tu experiencia, ¿sientes que el estigma de “Miami como cementerio de artistas” sigue teniendo peso o crees que la nueva generación está transformando esa narrativa desde adentro?
Si me hubieras hecho esta pregunta hace diez años, habría dicho que sí. Pero ahora te digo que no. Aquí hay arte. A veces bueno, a veces malo, y eso está bien. Lo importante es que haya. Que se haga, que se cree, que se mueva. Hay espacio para todo: para el teatro del exilio, para el comercial, para el experimental. Lo importante es que exista el trabajo.
Miami tiene artistas increíbles, formados, con trayectoria. Hemos tenido a Sergio Blanco leyendo un ensayo en Westchester, a Nilo Cruz con su Pulitzer, a Flora Lauten. Y hay compañías en otros idiomas, afroamericanas, anglosajonas, históricas. El problema es que nos cuesta integrarnos con otras comunidades. También hay que aprender de los estadounidenses: su organización, su respeto por el oficio. Eso hace falta aquí.
Si tuvieras que representar a Miami como personaje en una obra teatral, ¿qué rasgos tendría?
Sería una tragicomedia del absurdo. Miami tendría varios personajes que representarían sus diferentes caras, interactuando entre sí, formando parte de la esquizofrenia de un artista que no acaba de florecer… aunque está lleno de ideas.
¿Qué consejo le darías a jóvenes actores que buscan su identidad artística?
Primero: estudien, estudien todo lo que puedan. Si de verdad aman esta profesión —que no es fácil—, prepárense y sumérjanse en el quehacer teatral. Pidan internships en producciones profesionales. Aprendan a manejar luces, tramoya, vestuario, asistencia… todo. Vean teatro bueno y malo, pero sobre todo bueno, especialmente los clásicos. Vean cine europeo; o americano desde los años 30 hasta principios de los 2000. Pero, sobre todo, vean cine soviético, nórdico, japonés, chino, cine artístico de la India, neorrealismo italiano… no solo esas películas como Avengers, con las que Hollywood insiste en meternos por los ojos. Y no estén en esta profesión por fama o dinero: busquen un propósito. Amen el arte en sí, y no a ustedes dentro del arte, como dijo Stanislavski.
Interésense por los grandes educadores teatrales. Si no tienen grandes responsabilidades, ahorren dinero y vayan a tomar cursos con el Odin Teatret, el Grotowski Institute, y quinientas otras instituciones valiosas. Acérquense a esto con humildad; aunque tengan un doctorado, siempre habrá algo que aprender. Observen todo: los animales, la gente, los niños. No dejen morir al niño interno; sigan jugando. No se pierdan persiguiendo la fama. Y, muy importante: no se dejen vender sueños por charlatanes. No escuchen halagos vacíos. No tomen el camino fácil. Recuerden el cuento de Pinocho, con la diversión y los burros.
Aléjense de las personas que cuestionen su llamado, de los amores que distraen; de familiares que los hagan dudar; de amigos que menosprecien su oficio. Aléjense —sobre todo— de aquellos que quieran “hacerlos entrar en razón” sobre los deberes del mundo y su funcionamiento lógico. Nosotros no estamos aquí para ser lógicos. No vinimos al mundo para seguir reglas; si fuera así, habríamos elegido otra cosa. Pero elegimos esto.
Sean fieles a ustedes mismos. Colaboren, apóyense, y nunca dejen de crear. Y, por favor, vivan, amen, sufran, sientan, mueran y renazcan cuantas veces puedan. Transfórmense. Conózcanse y no se detengan.
POR | BERT OCHOA
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