Destino, ancestros y otras conversaciones pendientes.

in OPINION

La edad de sospechar

“Hay una edad —no sé si biológica o espiritual— en la que uno empieza a sospechar que la vida no es exactamente lo que nos contaron. No porque sea peor, sino porque es más compleja, más absurda, más hermosa y brutal de lo que cualquier narrativa infantil podría contener.”

Es la edad en la que aparece la pregunta inevitable: ¿para qué estoy aquí? No la pregunta trivial de la frustración laboral ni de la crisis romántica pasajera, sino la incómoda, la silenciosa, la que se cuela cuando todo se calma y quedamos a solas con nuestra conciencia. ¿Cuál es mi propósito? ¿Qué sentido tiene atravesar este plano lleno de pérdidas, encuentros y aprendizajes que siempre parecen llegar tarde?

Durante mucho tiempo pensé que la vida era algo que me ocurría, un fenómeno externo gobernado por el azar, las circunstancias y las decisiones de otros. Hoy entiendo que es más bien un diálogo constante: entre destino y voluntad, entre lo heredado y lo elegido, entre lo visible y lo invisible.

Cruce de mares, cruce de historias

Hace casi veinte años crucé el mar —literal y simbólicamente— para llegar a Estados Unidos. Salí de Cuba con la mezcla habitual de esperanza, miedo y desconocimiento que acompaña a los migrantes. La isla quedó atrás, pero nunca se fue del todo. Uno no abandona el territorio donde aprendió a nombrar el mundo; ese territorio queda viviendo dentro por más que uno lo rechaze. Llega un momento en la vida donde aprender a enmendar significa reconciliar ese lazo que una vez estuvo roto, pero que para sanarlo hay que volver a reencontrarse con él desde un mejor lugar.

Cuba es una paradoja geográfica: pobreza estructural y riqueza cultural; limitaciones políticas y creatividad desbordada; nostalgia exportada y realidad cotidiana. Allí nací yo, en un espacio donde la belleza y la precariedad conviven como viejos conocidos que ya no discuten. Mis raíces se hunden en tierras anteriores a mí: Ancestros taínos que miraban la naturaleza como sagrada, españoles llegados con la lógica de la conquista y africanos obligados a cruzar el océano abrazando a sus Orishas en la memoria para no perderse a sí mismos. Ese cruce de historias, violencias y resistencias creó algo nuevo: identidad.

La espiritualidad como tecnología de supervivencia

“Los Orishas no son figuras lejanas: son metáforas vivas de la experiencia humana. Protección, transformación, justicia, amor, guerra, maternidad, caminos. Arquetipos que explican lo que la psicología moderna intenta nombrar con otros idiomas.”

El linaje no solo vive en la sangre; vive en los patrones emocionales, en intuiciones inexplicables, en decisiones que parecen venir de un lugar anterior al pensamiento racional. Somos biografía acumulada. Sentirse bendecido no es privilegio material ni suerte permanente, sino la sensación profunda de haber sido sostenido —muchas veces sin saberlo— por manos visibles e invisibles: personas que llegaron en el momento exacto, oportunidades que aparecieron tras pérdidas, crisis que resultaron ser portales disfrazados.

Espejos internos y verdad desnuda

Hay quienes pasan décadas sin mirarse realmente. Sin atravesar el espejo interno. Sin aceptar sombras, contradicciones y miedos. Reconocerse requiere valentía, porque implica desmontar las identidades construidas para sobrevivir.

A mis 44 años me he parado frente a ese espejo y he preguntado:

  • ¿Quién soy cuando dejo las maletas que cargué toda la vida y no eran mías?
  • ¿Qué queda cuando me quito todas las vestiduras y solo muestro mi alma clara y pura?
  • ¿Qué partes de mí deben morir simbólicamente para que otras puedan nacer?

Amores improbables, lecciones indelebles

Mi primer amor: la vecina de la infancia, quien me regaló regaños y distancias suficientes para habitar el territorio ambiguo del afecto unilateral. Aprendí a conformarme con un sentimiento platónico, condenado al eterno lugar de “hermano”.

Luego, la mujer casada que se convirtió en maestra de la intimidad, dejando huellas indelebles en la memoria. Más tarde, el segundo amor verdadero: besando los labios de una cultura ajena, abrazando la cintura de una dama cuya curiosidad la llevó a encallar —como un barco voluntario— dentro de los muros de una isla bruja.

Cada vínculo dejó lecciones, versiones distintas de mí mismo, descubrimientos íntimos, errores necesarios.

Raíces, familia y alquimia humana

La familia —biológica y elegida— ha sido y es refugio y raíz. Tengo una hija que parece una extensión genética de mi madre, y un hijo nacido de un tercer amor verdadero cuya intensidad desafía la lógica. Una guerrera que construye espacios y genera alianzas verdaderas donde sea que coloque su mano. Abrazo también amistades profundas, mentores generosos, guías espirituales y protectores: cada uno un faro en la niebla de la confusión.

Contando historias para entender la propia

Fotografías, proyectos culturales, una película documental: narrar la realidad de otros es también entender la propia. El camino continúa; el propósito no es un punto de llegada sino una dirección en movimiento.

Vivir el presente significa elegir conscientemente dónde pongo la atención, con quién comparto energía, qué valores guían mis decisiones. Aceptar que el destino no es algo fijo, sino una conversación constante entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser.

Alineando con el destino, espantando a la muerte

Alinearme con el destino es reconciliarme con mi historia, honrar raíces, aceptar errores y permitirme evolucionar. Espantar a la muerte —simbólica o literalmente— es vivir con conciencia suficiente para que el miedo pierda su poder paralizante. Porque la muerte no es solo el final físico; también es la desconexión de uno mismo, la renuncia a crecer.

Al final, quizá la vida no se trate de encontrar respuestas definitivas, sino de aprender a formular mejores preguntas mientras caminamos. Por los tiempos que fueron, los que son y los que vendrán.

Ashé.

COVER PHOTO | DARIUSZ SANKOWSKI

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Bert Ochoa’s work in podcasting, filmmaking, and blogging has been pivotal in creating a supportive network for immigrant artists, helping them share their stories and navigate the challenges they encounter. His mission centers on building a community of creative individuals united by their passions. With a background in production, sound recording, screenwriting, and cinematography, Bert is well-equipped to pursue his ambition of becoming a documentary film director. In 2025, he directed his first film project, Two Islands, a documentary that premiered at the Miami Film Festival and marked an important milestone in his filmmaking career. His dedication to storytelling and community engagement drives his work as he seeks to amplify diverse voices and narratives through his artistic lens.